lunes, 11 de mayo de 2009

¿Cómo mira usted su vida?



Me da la impresión de que una las dificultades más grandes con que nos encontramos, sobre todo en aquellos lugares donde la tradición tiene auténtico peso, es el tener que entregarnos por entero, con la mente y con el corazón, para descubrir cómo vivir de una forma sustancialmente distinta. ¿No les parece importante que demos un cambio radical a nuestras vidas? No hablo de cambiarlas siguiendo un plan o una ideología particular, o tomando como modelo una u otra utopía y amoldando nuestras vidas a ella, sino de que al observar lo que es el mundo, su extraordinaria violencia y brutalidad y el inmenso sufrimiento en el que está sumido, resulta obvio que es responsabilidad de cada uno de nosotros el cambiar nuestras vidas, nuestra manera de pensar, nuestro comportamiento y las actitudes e impulsos que nos mueven. Vamos a conversar juntos sobre lo que es en realidad la vida, sobre lo que es el amor, y sobre el significado de la muerte; y, si podemos, averiguaremos cada uno de nosotros por sí mismo lo que es una vida religiosa y si es posible llevar una vida religiosa en el mundo moderno. Hablaremos también del tiempo, del espacio y de la meditación.
Son muchos los temas que vamos a tratar, y lo más probable es que, desgraciadamente, la mayoría de ustedes tenga ya conocimientos más que abundantes sobre todos ellos; conocimientos que otras personas les han transmitido, o que les han impuesto sus libros, sus gurus, sus sistemas y su cultura. La realidad es que no saben ustedes nada, pues todo ello es una mera repetición de lo que otros han dicho, ya se trate de los más preclaros maestros o de su guru particular. Para comprender la vida cotidiana no necesitamos ningún guru, ninguna autoridad, ningún libro ni maestro; lo único que hemos de hacer es observar, darnos cuenta de lo que hacemos, de lo que pensamos, de cuáles son nuestras motivaciones, y de si es posible cambiar totalmente las actitudes y creencias humanas, de cambiar nuestra forma de vivir enloquecida.
Miremos en primer lugar cuál es la realidad de nuestra vida cotidiana; porque si no la comprendemos, si no intentamos poner orden en ella sino que nos limitamos a arrastrarnos a diario de un quehacer a otro, o escapamos de ella afiliándonos a una ideología, o nos sentimos simple y superficialmente satisfechos con las cosas tal como están, entonces nuestra vida no tiene ningún fundamento, no tenemos ninguna base para pensar o actuar con rectitud, de un modo verdadero. Sin orden, uno vive en la confusión. Sin comprender el orden, que es virtud, la moralidad entera se vuelve superficial; se convierte en una serie de meros preceptos influidos por el entorno, por la cultura en que uno vive, que no es moral en absoluto. Por lo tanto, uno debe averiguar por sí mismo lo que es el orden y si el orden es un patrón, un modelo diseñado por el ser humano, resultado de las distintas formas de compulsión, de conformidad, de imitación, o si es algo vivo y, por consiguiente, jamás podrá reducirse a un patrón establecido al que amoldarse. Y para comprender el desorden debemos examinar nuestra vida tal como es. ¿Qué es nuestro vivir cotidiano? Si son capaces de mirarla, de observarla, respóndanse: ¿qué es realmente su vida de cada día? Es obvio que en ella hay una confusión enorme, que hay conformismo, contradicción, que las personas viven enfrentadas entre sí —en el mundo de los negocios uno está dispuesto a cortarle la garganta a su contrario—; política, social y moralmente reina la confusión, y cuando uno mira su propia vida ve que, desde el instante que nace hasta que muere, no es sino una cadena de conflictos. La vida se ha convertido en un campo de batalla; obsérvenlo, por favor. No se trata de que estén de acuerdo con quien les habla ni de que discrepen de lo que dice; simplemente observen, vean cómo es su vivir cotidiano. Y, cuando uno de verdad observa, ineludiblemente ve lo que está sucediendo: la desesperación, la soledad y la infelicidad en las que vivimos, atrapados en el conflicto, en la competitividad; la agresividad, la brutalidad, la violencia. Así es en realidad nuestra vida diaria; y a eso lo llamamos vivir. Y como somos incapaces de comprender nada, de resolver nada ni de trascenderlo, escapamos de ello llenando nuestras mentes con la ideología de algún filósofo, maestro o sabiduría de la antigüedad; y creemos que escapando de la realidad lo hemos solucionado todo. Por eso la filosofía, los ideales y todas las demás vías de escape nunca han resuelto ninguno de nuestros problemas; somos exactamente lo mismo que éramos hace cinco mil años o más: torpes, repetitivos, seres amargados, iracundos, violentos, agresivos, agraciados ocasionalmente con un destello de belleza, de felicidad, y temerosos en todo momento de eso a lo que llamamos muerte.
En sus vidas cotidianas no hay belleza. Sus maestros religiosos y sus libros han recalcado que deben ustedes vivir sin deseo, que no deben mirar a una mujer, porque podrían sentirse tentados y, para encontrar a Dios, deben ustedes ser célibes. Pero nuestra vida cotidiana es contraria a todas las sentencias de los maestros. La realidad es que somos lo que somos: seres humanos mezquinos, insignificantes, estrechos de miras, atemorizados; y sin cambiar eso, por más que uno busque la verdad o hable con arrojo y erudición, o por más que uno interprete los innumerables libros sagrados, nada de ello tiene ningún valor. Más les valdría tirar todos los libros sagrados y empezar de cero, porque ninguno de ellos, con sus maestros y gurus, les han aportado a ustedes ni la menor claridad; su autoridad, su disciplina coercitiva y sus sanciones no tienen ningún sentido. Así que mejor harían desechándolos todos y aprendiendo de sí mismos, pues en eso reside la verdad, y no en la “verdad” de otro.
¿Es posible, entonces, cambiar nuestra vida? En sus vidas reinan el desorden y la fragmentación: en el trabajo son una cosa; en el templo, otra (si es que siguen acudiendo al templo); en la familia, otra completamente distinta; y, ante alguien con autoridad, se convierten en seres humanos timoratos, alterados, aduladores. ¿Podemos cambiar todo eso? Porque, sin cambiar nuestra vida diaria, preguntar qué es la verdad o preguntar si hay o no hay un Dios no significa nada. Somos seres humanos fragmentados, hechos pedazos; y sólo cuando uno es una entidad íntegra, completa, tiene posibilidad de descubrir algo que es intemporal.

Debemos empezar por mirar nuestras vidas। Ahora bien, ¿cómo miran ustedes su vida? Ésta es una cuestión enormemente compleja; y una cuestión compleja de la existencia se ha de abordar con gran sencillez, no con todas las teorías, opiniones y juicios que tienen ustedes y que hasta el momento no les han servido para nada. Ninguna de sus conclusiones religiosas tiene el más mínimo sentido; deben ustedes ser capaces de mirar la vida que viven cada día, y de verla exactamente como es. Lo difícil es observar. ¿Qué significa esa palabra? No se trata solamente de la percepción sensorial de la vista; uno ve una buganvilla con esa percepción sensorial; después observa su color. Uno ya tiene una imagen previa de ella, un nombre que asignarle; tiene sus preferencias: la planta le gusta o no le gusta. Eso significa que uno la ve a través de la imagen que tiene y, por tanto, en realidad no la ve; quien ve es más la mente que los ojos, ¿entienden? Por favor, comprendan este hecho tan simple. Los seres humanos están destruyendo la naturaleza, con la polución y tantas otras cosas que están sucediendo en este mundo terrible; pero nosotros miramos la naturaleza con una mirada que ha acumulado conocimientos acerca de ella, y por consiguiente a través de una imagen. A los seres humanos los miramos también a través de nuestras conclusiones, opiniones, juicios y valores; es decir, los hemos divido, y los clasificamos en hindúes, musulmanes, católicos, protestantes, comunistas, etcétera, etcétera. Y cuando uno se observa a sí mismo, cuando observa su vida, lo hace a través de la imagen que tiene, de las conclusiones a las que ha llegado; se juzga dictaminando lo que es bueno y lo que es malo, lo que debería y no debería ser. Dense cuenta de que lo ven todo a través de las imágenes y conclusiones que se han formado, y eso significa que en realidad no saben mirar la vida.


Para mirar la vida tal como es, se ha de poder observar con libertad; no se puede mirar la vida como hindú, como burócrata, como padre de familia o ¡como Dios sabe qué! Deben ustedes mirarla con libertad; y eso es lo difícil. Están acostumbrados a percibir su vida —el desvarío, la angustia, el sufrimiento, la lucha constante— con ojos y oídos que quieren cambiar lo que perciben, transformarlo en algo más hermoso, y eso les impide entrar en relación directa con lo que ven. ¿Comprenden lo que se está diciendo? No la explicación que está dando quien les habla; les pregunto si de verdad están observando su vida y si de verdad están observando su forma de mirarla. ¿La miran a través de una imagen, de una conclusión, lo cual significa que no entran en contacto directo con ella? Cuando uno mira la vida de su existencia diaria —no la vida teórica, no la vida abstracta en la que «todos los seres humanos somos uno; todo es amor» y esa sarta de tonterías, sino cuando uno la observa—, ve que la mira a través del conocimiento pasado; la mira a través de la tradición, de la acumulación de experiencia humana, y eso le impide a uno mirar de verdad. Es un hecho que se ha de reconocer: que para observar la vida realmente deben mirarla ustedes con mirada nueva; es decir, mirarla sin ninguna censura, sin ningún ideal, sin ningún deseo de reprimirla o cambiarla; observarla simplemente. ¿Están haciéndolo en este momento? ¿Están utilizando a quien les habla como espejo en el que ver su propia vida? ¿Ven el hecho de que mirar desde una conclusión les impide mirar la vida directamente, estar en contacto con ella? ¿Están haciéndolo? Si no lo hacen ahora, tampoco lo harán después. Si no lo están haciendo, no se molesten en escuchar. Miren el cielo, miren el árbol y la belleza de la luz, miren las nubes, sus curvas, su delicadeza. Si miran ustedes sin ninguna imagen, habrán comprendido su vida.
Cuando se miran a sí mismos con los ojos del observador y miran su vida como lo observado, se crea una división entre ambos. ¿No es un hecho muy simple que, si miran su vida como un observador separado de la vida, hay una separación entre él y la vida que observa? Bien, pues esa división es la esencia de todos los conflictos, la esencia de la lucha, del dolor, del miedo, de la desesperación. Cuando hay división entre los seres humanos —división de nacionalidades, división religiosa y social—, el conflicto es inevitable. Ésta es la ley; racional y lógicamente es así. Y la división exteriorizada, con su consiguiente conflicto, es la misma división interior entre el observador y lo observado.
Si no comprenden esto, no pueden avanzar mucho más, porque una mente que está en conflicto no tiene posibilidad alguna, ni ahora ni nunca, de comprender lo que es la verdad. Una mente que está en conflicto es una mente atormentada, es una mente distorsionada, retorcida; y ¿cómo puede una mente en esas condiciones ser libre para observar el cielo, el árbol, la belleza de un niño, de una mujer hermosa, de un hombre, y la belleza de una intensa sensibilidad y de todo lo que esa sensibilidad implica? Sin comprender este principio básico, no como ideal sino como hecho, inevitablemente entrarán ustedes en conflicto, igual que habrá conflicto en ustedes mientras existan el observador y lo observado; y cuando hay conflicto dentro de uno, uno proyecta ese conflicto en el exterior. Esto es algo que la mayoría somos capaces de reconocer; pero no sabemos cómo observar sin el observador, cómo disolver ese conflicto, de modo que recurrimos a toda una diversidad de escapes, de líderes e ideales, a todas esas insensateces.
Vamos a averiguar ahora, cada uno de nosotros por sí mismo —no a través de quien les habla— si es posible poner fin a esa división entre el observador y lo observado. Por favor, entiendan que esto es muy importante si queremos de verdad seguir avanzando, porque vamos a investigar lo que es el amor, lo que es la muerte, lo que es la belleza de la verdad, la meditación y lo que significa una mente en completa quietud. Para comprender lo más elevado, uno debe empezar por acabar con el conflicto, y el conflicto existirá mientras exista esa división.
Así pues, ¿quién es ese observador que se ha separado de lo observado? Escuchen, esto no es una filosofía, un punto de vista intelectual abierto a debate, que pueda negarse, corroborarse o rebatirse; esto es algo que ustedes deben ver por sí mismos, y que por consiguiente es suyo, no de quien les habla. Uno ve que, cuando está furioso, en el momento de la ira no hay observador. No hay observador en el momento de experimentar cualquier cosa. Obsérvenlo, por favor. Cuando contemplan la puesta de sol, y esa puesta de sol es algo inmenso, en ese instante no hay un observador que diga: «Estoy observando la puesta de sol»; el observador entra en escena un segundo después. Cuando uno es presa de la ira, no hay una entidad que observe, una entidad que experimente; lo único que hay es ese estado de ira. Es un segundo después cuando el observador aparece y piensa que no debería haberse encolerizado, o intenta justificar la explosión de ira. Es en el segundo siguiente, no en el instante de la ira, donde comienza la división.
Y ¿cómo ocurre esto? En el momento de experimentar algo, el observador está totalmente ausente. ¿Cómo es que un segundo después cobra presencia? La pregunta es suya, no de quien les habla; formúlensela a sí mismos y encontrarán la respuesta. Tienen que aplicarse, porque se trata de su vida; si se limitan a decir: «Bueno, he aprendido un poco oyendo lo que dice este hombre», la realidad es que no han aprendido absolutamente nada; lo único que han hecho es recoger algunas palabras, que anexionadas unas a otras se convierten en una idea. Eso es precisamente el pensamiento organizado: una idea; y no estamos tratando con ideas, no estamos postulando una “nueva filosofía”. Filosofía significa amor a la verdad en el vivir diario, no la verdad inventada por una mente filosófica. Así es que ¿cómo nace ese observador? Cuando uno mira una flor, en el momento de observarla de cerca el observador no existe; no hay sino el mirar. Entonces uno nombra la flor; a continuación piensa cómo le gustaría tenerla en su jardín, o en su casa, y de ese modo ha empezado ya a elaborar una imagen de ella. Por lo tanto, el creador de la imagen es el observador. Véanlo en sí mismos, por favor. Es decir, tanto la imagen como el creador de la imagen son el observador, y el observador es el pasado. El “yo” es el conocimiento que he acumulado, el conocimiento del dolor, del sufrimiento, de la agonía, de la desesperación, de la soledad, de los celos, de la ansiedad tremenda que uno siente. Todo eso es el “yo”, que es el conocimiento acumulado del observador, que es el pasado. Por eso, cuando observan ustedes la flor, son los ojos del pasado, los ojos del observador, los que la miran; y como no saben ustedes mirar sin él, provocan el conflicto. Nuestra pregunta entonces es si pueden ustedes mirar, no sólo la flor, sino a su esposa, de mirar la agonía, la desesperación y el sufrimiento sin nombrarlos, sin decirse a sí mismos que deberían hacer algo al respecto, trascenderlos o reprimirlos; si pueden simplemente mirar, sin que intervenga el observador. Por favor, háganlo en este momento, mientras hablamos. Es decir, tomen la envidia, por ejemplo, que es algo común a la mayoría de la gente. Conocen bien la envidia, ¿no es cierto?; es un sentimiento con el que están familiarizados. La envidia es comparación, es la medición que hace el pensamiento cuando compara lo que son ustedes con lo que deberían ser, o con lo que quieren llegar a ser. Ahora simplemente miren. Supongamos que tienen envidia de su vecino, porque su coche es mejor, porque su casa es más grande; esa envidia que les asalta nace en el momento en que se comparan ustedes con él. ¿Pueden mirar el sentimiento sin calificarlo de bueno o malo, sin nombrarlo, sin decir que lo que sienten es envidia? Mírenlo sin la imagen, e irán más allá de él. En lugar de batallar con la envidia, de intentar reprimirla, de juzgar que es admisible o inadmisible ser envidioso, en lugar de toda esa lucha, observen su envidia sin nombrarla; porque el acto de nombrarla es el movimiento del recuerdo pasado que la justifica o la condena. Si son capaces de mirarla sin ponerle nombre, verán que van más allá de ella.
En el momento en que uno sabe que es posible ir más allá de lo que es, rebosa de energía. Quien no sabe cómo hacerlo, tampoco sabe cómo afrontar lo que es, y por tanto tiene miedo y escapa; el sentimiento de imposibilidad hace que esa persona pierda la energía. Si uno tiene un problema y sabe que es capaz de resolverlo, tiene la energía necesaria; si alguien tiene mil problemas y no sabe qué hacer con ellos, la energía se pierde. De la misma manera, miren su insignificante, superficial y ridícula vida llena de violencia. Todas éstas son palabras que describen lo que realmente sucede en ella; la violencia no sólo en torno al sexo, sino al poder, a la posición, al prestigio. Y mírenla con ojos que no introduzcan inmediatamente toda una serie de imágenes. Ésta es su vida. Y miren esta vida suya en la que existe eso a lo que llaman amor. ¿Qué es el amor? No estamos discutiendo teorías sobre lo que el amor debería ser; estamos observando eso a lo que llamamos amor. No sé qué aman ustedes; tengo la duda de si hay algo que amen de verdad. ¿Saben ustedes lo que significa amar? ¿Es placer el amor? ¿Es amar sentir celos? ¿Puede amar una persona ambiciosa?..., por más que se acueste con su esposa y engendre una serie de hijos. El que lucha en el mundo de la política o en el mundo de los negocios para llegar a ser alguien importante, o el que en el ámbito de la religión intenta reprimir sus deseos para llegar a santo, se mueve por ambición, con agresividad, con deseo; y ¿puede un ser humano competitivo amar? Todos ustedes son competitivos, ¿no es cierto? Quieren un empleo mejor, una posición mejor, una casa mejor, ideas más nobles, imágenes de sí mismos más perfectas. ¿Es eso amor? ¿Pueden amar si se comportan como tiranos, si intentan dominar a su esposa, a su marido o a sus hijos? ¿Existe alguna posibilidad de amar cuando uno busca el poder?
Al ver lo que es su vida, en la que no hay ni amor, ni belleza, ni libertad, deberían echarse a llorar. Ya ven lo estéril que es; y esa vida estéril es el resultado de su cultura, de sus libros sagrados, que les dicen que no deben ustedes mirar el cielo porque en él hay belleza, y esa belleza podrían transferirla luego a una mujer; esos libros sagrados que dicen que, para ser una persona religiosa, uno debe retirarse del mundo, renunciar al mundo; que dicen que el mundo es una ilusión, y que uno debe por tanto escapar de él… Y sí, sus vidas demuestran que eso es lo que ustedes han hecho.
Si son capaces de observar su vida, descubrirán lo que es el amor; y hay una gran pasión en ello. No amor, sino pasión. La palabra pasión significa etimológicamente sufrimiento. ¿Saben ustedes lo que significa sufrir? No hablamos ni de escapar del sufrimiento ni de qué hacer con él, sino de sufrir, de sentir en lo más hondo un intenso dolor. Cuando uno no hace nada para escapar de ese sufrimiento, de él nace una gran pasión, que es compasión. Y debemos averiguar también lo que es la muerte; no en el último momento, no cuando uno está enfermo, inconsciente, agonizante, cuando es incapaz de observar con claridad. La vejez, la enfermedad y la muerte nos llegarán a todos; así pues, descubran lo que es la muerte mientras todavía son jóvenes, ahora que tienen vigor y energía. La vejez es algo natural; es natural que el organismo se desgaste. (Aunque también es cierto que puede durar más dependiendo de cómo viva uno. Si la vida de uno es un campo de batalla desde el momento que nace hasta que muere, su cuerpo se deteriora con mayor rapidez, pues la tensión emocional debilita el corazón. Éste es un hecho comprobado.) Ahora bien, para descubrir el significado y la inmensidad de la muerte mientras uno está todavía activo, no puede haber miedo. La mayoría de nosotros tenemos miedo a la muerte, miedo a dejar todo aquello que hemos conocido: nuestra familia, los conocimientos que hemos acumulado, nuestros libros, nuestro trabajo, los objetos que hemos reunido; y puesto que no se sabe lo que ocurre cuando uno muere, la mente, es decir, el pensamiento, imagina que ha de haber alguna otra clase de vida, y que las vidas individuales, de un modo u otro, han de continuar. En esta idea se basa la estructura entera de las creencias. Ustedes hablan de reencarnación, pero ¿se han parado alguna vez a reflexionar sobre qué es lo que va a reencarnarse en la próxima vida? ¿Qué es lo que renacerá en esa vida futura? Su inmensa acumulación de conocimientos, ¿no es así? Todos sus pensamientos, sus actividades, toda su bondad o su maldad, las atrocidades que han cometido. Porque ustedes creen que lo que hagan en este momento reaccionará en la vida siguiente… Es de esperar que sea esto lo que todos ustedes creen; ¿lo es? Y si realmente lo creen, entonces lo que importa es lo que hacen ahora, qué conducta tienen ahora, ya que en su próxima vida van a pagar por ello. Esto, en caso de que crean de verdad en el karma. Si es así y están atrapados en la red de esta creencia, deben prestar atención a su vida actual: a lo que hacen, a lo que piensan, a la manera en que tratan a los demás. El problema es que no creen ustedes en ello hasta tal punto; su creencia es sólo un escape en el que encuentran consuelo, es sólo una palabra que no significa nada.
Descubran lo que significa morir; no físicamente, pues la muerte física es sencillamente inevitable, sino lo que es morir a todo lo que uno conoce, morir a su familia, a sus apegos, a todo lo que ha recopilado, a los placeres y los miedos conocidos. Mueran a ello cada minuto y verán lo que significa morir; mueran a fin de que la mente se renueve, y sea por tanto una mente inocente; a fin de que una nueva encarnación se produzca, no en la vida siguiente, sino al día siguiente. Es mucho más importante encarnarse al día siguiente que en el futuro, de modo que la cualidad de la mente sea una asombrosa inocencia; pues una mente inocente es una mente que no puede ser herida. ¿Comprenden la belleza que hay eso? Una mente que jamás podrá ser herida es una mente inocente. Por lo tanto, una mente que ha sido herida debe morir a sus heridas cada día, para poder así despertarse la mañana siguiente siendo una mente transparente, inmaculada, una mente nueva, sin cicatrices. Ésa es la forma de vivir. No es una teoría; es algo que ha de hacerse.
Esa mente no conoce el esfuerzo. Hemos comprendido cómo el esfuerzo aparece en cuanto hay conflicto, en cuanto existen el observador y lo observado; y de esa comprensión nace el orden, pues el orden nace de la comprensión de lo que es el desorden. Sus vidas transcurren en el desorden, pero cuando uno lo comprende —no intelectualmente, sino cuando lo comprende de verdad— sobreviene el orden; y ese orden es virtud, es rectitud, es algo vivo. La persona vanidosa trata de ser humilde; ¿se dan ustedes cuenta de la contradicción que hay en ello? Si soy vanidoso y he intentado cultivar la humildad, en ese intento hay conflicto, mientras que si afronto el hecho de que soy vanidoso, y lo comprendo, y voy más allá de ello, nace una humildad que no es resultado de ninguna tentativa de ser humilde. Por eso es tan importante que uno se comprenda totalmente a sí mismo; pues sólo entonces puede haber un orden que nada tiene que ver con el hábito, ni con practicar y cultivar ninguna virtud. La virtud brota como una flor de bondad cuando uno se da cuenta del desorden que es su vida. De él nace el orden. Entonces puede uno empezar a investigar qué es lo que la humanidad ha buscado durante siglos y siglos, preguntando sin cesar, intentando descubrirlo; es imposible que uno lo comprenda o dé con ello si no fundamenta la investigación en su vida cotidiana. Sólo entonces puede preguntar uno qué es la meditación; no cómo meditar o qué pasos sistemas o métodos seguir para meditar, pues todos los métodos y sistemas hacen a la mente mecánica. Si sigo un sistema particular, por más cuidadosamente que lo haya elaborado el más preclaro, puro e inteligente de los gurus que imaginar se pueda, ese sistema, ese método, volverá mecánica a la mente; y una mente mecánica es la mente más muerta de todas. De modo que eso es lo que intentan conseguir ustedes cuando preguntan cómo meditar. Al cabo de un año de practicar cualquier método, tendrán una mente embotada, estúpida, una mente capaz de escaparse, de hipnotizarse a sí misma. Y eso no es meditación. La meditación es lo más extraordinario y maravilloso que existe. Veremos lo que la meditación no es, y sabrán entonces lo que es la meditación. A través de la negación, de ver lo que no es, uno descubre lo positivo; si uno, en cambio, va en busca de lo positivo, esa búsqueda le conduce a un callejón sin salida.
Decimos que la meditación no es la práctica de ningún sistema. Ya saben ustedes, hay gente que se sienta y practica el tomar conciencia de su cuerpo, de sus movimientos, de los dedos de sus pies; gente que practica sin fin. Una máquina también es capaz de hacer eso; pero ningún sistema puede revelar la belleza y la profundidad de eso tan maravilloso llamado meditación. La meditación no es concentración. Cuando uno se concentra, o intenta concentrarse, en esa concentración existen el observador y lo observado; está la entidad que dice: «Debo concentrarme; debo hacer un esfuerzo por concentrarme», y de ese modo la concentración se convierte en un conflicto. Y cuando uno realmente aprende a concentrarse, como si fuera un colegial, esa concentración se convierte en un proceso de exclusión que levanta un muro en torno al pensamiento, lo cual no es sino otro movimiento del pensar. La concentración no es meditación. La meditación no es rehuir la comprensión de lo que uno verdaderamente es. Lo importante es conocerse por completo a uno mismo; no conocer el “Yo” superior, el Atman y todas esas tonterías, que son meras invenciones. Lo real es el hecho, no la invención.
Bien, una mente que a través de la negación ha comprendido que no son válidos ningún sistema, método ni concentración, se vuelve espontáneamente muy silenciosa. En este estado no hay ningún observador que haya conseguido un supuesto silencio. En este silencio la mente se vacía de todo su pasado. A menos que uno haga esto en su vida cotidiana, no comprenderá la maravilla, la sutileza, la belleza y excelencia que entraña. No se limiten a repetir lo que dice quien les habla, pues si lo hacen se convierte en propaganda, y la propaganda es mentira.
Así es que cuando la mente está en orden por completo, en orden matemático, y ese orden ha sobrevenido de forma natural a través de la comprensión del desorden de la propia vida diaria, la mente se halla en un estado de completa quietud; y en esa quietud el espacio es inmenso. No es el silencio que llega cuando termina el ruido; es el silencio de una mente que ha comprendido en su totalidad el problema de la existencia, el amor, la muerte, el vivir, la belleza del cielo, de los árboles, de los seres humanos. Todas las religiones les han enseñado a renunciar a la belleza, y por eso destruyen ustedes sus árboles, la naturaleza. Cuando hayan comprendido esto, sabrán lo que sucede en ese silencio. Es imposible de describir; si alguien lo describe es porque no sabe lo que es. Deben ustedes descubrirlo. Hagan preguntas, no sólo a quien les habla, sino a sí mismos, lo cual es mucho más importante. Pregúntense por qué tienen creencias, por qué siguen y aceptan la autoridad, por qué son seres humanos corruptos, iracundos, celosos, despiadados, violentos. Pregúntenselo y averigüen la respuesta; y para encontrar la respuesta no pueden preguntar a otro. Tienen que ser independientes, tienen que estar completamente solos —solos, no aislados—, porque estando solos sabrán lo que es vivir con pureza. Por eso deben hacerse preguntas sin fin; y, a medida que lo hagan, aprendan a no intentar encontrar una respuesta, sino a preguntar y observar. Pregunten y observen. Y al preguntar háganlo con cuidado, con afecto; pregúntense con amor, no se fustiguen a sí mismos con preguntas.

La Revolución Interior, ©KFT.




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