miércoles, 13 de enero de 2010

Ser Práctico


¿Qué significa ser práctico en el contexto de la búsqueda espiritual? Encaminar la búsqueda por un camino práctico. Un camino práctico es uno que está disponible aquí ahora y que se deja recorrer por cualquiera. Significa mirar lo que tengo delante de las narices, cuestionarlo, e investigarlo. Una investigación así debe tomarse como un juego. Para endoctrinarse o cultivarse existen todo tipo de filosofías y religiones; tantas que uno acaba mareado y con un empacho de tanto repetir del bufete espiritual moderno. Eso no significa que carezcan de valor sino que tal vez sea posible simplificar el camino con un poco de iniciativa. Para empezar, ya tienes lo que necesitas: tu experiencia inmediata. Más adelante, quizás un nuevo entendimiento o una manera diferente de ver las cosas te sirva de guía si es necesario.
Si ya eres eso que es, eso que es tiene que estar presente en todo momento. Sería ridículo creer que está en otra parte. Eso que buscas tiene que “estar contigo”, ser tú, o tú no serías –no estarías presente. ¿Crees que no lo encuentras porque todavía no lo mereces? ¿O crees que es tan misterioso que está más allá de tu alcance? ¿O que tienes que morirte físicamente hablando para que la verdad te sea revelada? Cabe la posibilidad de que hayas estado buscando “allá” en lugar de “aquí”, esperando “ese momento” en lugar de concentrarte en ahora.

Imagínate jugar al escondite como si fueras un niño. No se trata de ganar ningún premio, ni de vencer o deshacerte de nadie. Sólo quieres pasártelo bien durante el rato que tengas ganas. Para eso no necesitas conocimientos previos, ni años de práctica, ni entrenador, ni árbitro. 
Vamos a buscar eso que eres, a ver qué encontramos. Seas quien seas está claro que estás consciente. Hay algo en ti que, por decirlo de alguna manera, está leyendo y entendiendo estas palabras, que percibe sonidos, sensaciones corporales, pensamientos...

 Pero, ¿qué es eso que es consciente en este momento, ahí donde tú estás?
 Primero repasemos un par de conceptos fundamentales que aprendemos en clase de lenguaje en primaria. Cualquier experiencia indica una acción. Una acción (lo vemos al construir cualquier oración gramatical) necesita un sujeto y un predicado. El predicado está compuesto por un verbo y por objetos. Pongamos como ejemplo la oración: “el perro come un hueso”. “El perro” es el sujeto, “come” el verbo que indica la acción, y “un hueso” el objeto que en este caso “el perro come”. El sujeto no es el objeto, “el perro” no come “el perro”, y el objeto tampoco es el sujeto, no es “un hueso” el que come.
Del mismo modo podemos establecer que el sujeto consciente no puede ser ninguno de los objetos de los que está consciente.
La dualidad sujeto-objeto es necesaria para el funcionamiento del lenguaje. Así funciona lo que damos en llamar nuestra capacidad conceptual, intelectual, o mente. Y pese a que el hábito de creernos lo que pensamos que pensamos es en sí lío en el que nos encontramos a nivel espiritual, esa capacidad de discernir es también la milagrosa herramienta que nos permite salir de él. Sin esta herramienta seríamos incapaces de investigar nada... o de jugar a este juego que te propongo.
 Juguemos ahora con tu experiencia. ¿Qué forma parte de tu experiencia inmediata?
 Empezaremos por tus percepciones sensoriales: lo que ves, lo que oyes, lo que hueles, lo que tocas, lo que saboreas. Recuerda que es un juego, por lo tanto no necesitas analizar nada en absoluto. Sólo fíjate en en las percepciones de las que tienes conciencia ahora mismo.
 Podrías por ejemplo decir que tienes conciencia de un árbol. Ves un árbol. Vale, juega un poco con esta experiencia que tienes de “un árbol”. ¿A qué distancia está ese árbol de tu experiencia del árbol? ¿A qué distancia se halla lo que experimentas del árbol de tu capacidad de percibir (ver) el árbol? Y ¿a qué distancia de tu experiencia “árbol” se encuentra eso consciente que está presente aquí ahora? ¿A qué distancia estás tú de esa conciencia o presencia?
El árbol se halla a cero distancia de tu experiencia “árbol”, de tu conciencia del árbol y de ti mismo. Es decir, tu capacidad de percibir (en este caso ver) el árbol es tu experiencia “árbol”, y eso es lo que hay del árbol –cualquier otro comentario son ideas que dicen “está al otro lado del jardín” o “a unos 50 metros”. Sin esos comentarios, basándote sólo en tu experiencia, no hay distancia alguna, “árbol” es tu experiencia.
Podrías decir que oyes el tráfico de la calle. Repite el juego. ¿A qué distancia se halla lo que experimentas del tráfico de tu capacidad de percibir (oir) el tráfico? ¿A qué distancia de tu experiencia “tráfico” se halla eso consciente que está presente aquí ahora? ¿A qué distancia estás tú de esa conciencia? El tráfico está a cero distancia de tu capacidad de percibir (oir) el tráfico. Tu experiencia “tráfico” es todo el tráfico que hay –el resto son ideas que tienes sobre la hora punta, la cantidad de vehículos que circulan por tu ciudad, etc.
En ambos casos, si elimináramos tu capacidad experimentar, en este caso de percibir (ver u oir), ¿qué prueba tendrías de la existencia del árbol o del tráfico? Ninguna, ambas cosas desaparecerían inmediatamente sin dejar rastro.
 Continuemos con tus sensaciones corporales. Tal vez tengas los pies fríos, o sientas la presión de tu cuerpo sobre una silla. O tal vez te duela la garganta.
Esos “pies”, ¿a qué distancia de tu capacidad de sentir se encuentra esa experiencia (sensación) “pies”? La sensación de presión del peso de tu cuerpo sobre la silla, ¿a qué distancia se halla de tu experiencia “peso sobre la silla”? Eso que llamas “dolor de garganta”, ¿está cerca o lejos de la experiencia que denominas “dolor de garganta”? Y ¿a qué distancia se hallan esas sensaciones de esa conciencia, presente aquí ahora, que te permite identificarlas? Si pudieras suprimir esa capacidad de sentir eso que llamas “pies”, eso que denominas “presión” y eso que llamas “dolor de garganta”... ¿Qué pruebas tendrías de que hay pies, de que están fríos, de que estás sentado, o de que hay algo llamado garganta que te duele?
 Mira ahora los pensamientos que se van sucediendo. ¿A qué distancia de tu experiencia aparecen y desaparecen? De hecho, si no hubiera un pensamiento que dijera “esto son pensamientos”, ¿qué prueba tendrías de que piensas?
 Tu experiencia es un fluir constante de percepciones, sensaciones y pensamientos... Y si continúas con el juego llegarás a la conclusión que incluso eso es decir demasiado. El árbol... ¿qué prueba tienes de que hay un árbol excepto un pensamiento que te dice “ahí hay un árbol” y que etiqueta tu percepción visual haciendo referencia a un concepto aprendido anteriormente? Esos pies... ¿qué prueba tienes de que hay objetos existentes con derecho propio llamados “pies” fuera de una experiencia (sensación “pies”, tal vez veas “tus pies” al final de “tus piernas”) sobre la que un pensamiento dice “esto son mis pies”?
Cuando miras por la ventana no hay ningún objeto existente que se autoidentifique “soy un árbol”. Del mismo modo, no tienes conciencia de unos objetos independientes de tu experiencia que te informen “somos pies, somos tuyos, y estamos fríos”, “soy el peso de tu cuerpo sobre un ente que es una silla” o “soy parte de tu cuerpo, me llamo garganta, y te estoy causando dolor”.
 Aquí ahora tu experiencia se reduce a un pensamiento, una aparición, que en un momento dice “árbol”, en otro momento dice “pies fríos”, en otro “tráfico en la calle”, y en otro “me duele la garganta”.
 Puedes repetir este juego con cualquier experiencia, con cualquier elemento o aparición que percibas, sientas, o pienses (imagines, recuerdes, sea una emoción o una idea). Cada vez haz preguntas, no sobre su historia, sus causas o sus efectos, sino sobre la experiencia en sí: dónde aparece, cómo la sientes, qué te la anuncia, cómo y dónde desaparece, a qué distancia se halla de la conciencia presente... Y volviendo a la gramática. ¿Quién es el sujeto hacedor de esos elementos de tu experiencia? ¿Dónde está?
 Todo lo que percibes, sientes o piensas son apariciones que surgen y se desvanecen en tu experiencia inmediata y de las que tienes conciencia gracias a eso que es consciente aquí ahora, y que en ningún momento se halla separado del espacio en el que ocurre dicha experiencia. Cualquier experiencia que no esté presente aquí ahora no existe más que como la idea que la enuncia (“esto me pasó ayer/hace x años”, “ojalá ocurra esto dentro de 3 meses”). Y digo “tu” experiencia como puro formalismo para poder escribir una frase que sea comprensible ya que ni siquiera tienes pruebas de que sea “tu” experiencia, pues, ¿de qué otra experiencia estás consciente excepto de esta que ocurre aquí ahora? Y ¿dónde lleva colgada dicha experiencia el título de propiedad que identifica al dueño?
 Todavía podemos simplificar esto un poco más. Todo lo que percibes, sientes o piensas es “lo mismo”. No me refiero a que sea lo mismo en el sentido relativo de la palabra. Está claro que la idea “2x3=7” no es relativamente hablando igual la idea “2x3=6”. Pero en sentido absoluto ambas son pensamientos; incluso la idea “2x3=7 es incorrecto” es un pensamiento que aparece y luego desaparece. Lo que aparece son apariciones y, cada vez, es una idea aprendida e interiorizada la que te informa que “esto es una sensación corporal”, “esto es una percepción sensorial”, “esto es un pensamiento”. Pero date cuenta de que todas estas descripciones son etiquetas clasificadoras que se les cuelga a posteriori: en ningún momento se anuncian a sí mismas como “sensación del cuerpo”, “percepción del mundo allá afuera”, “pensamiento mío”.
 Lo que crea a la persona es un malentendido debido al hábito de tomar en serio estas estructuras de la mente (y del lenguaje) más allá del valor que tienen como herrmientas. La persona es la costumbre de creernos que existe un mundo ahí afuera, independiente de nuestra experiencia inmediata, dentro del cual nos movemos como un cuerpo al que consideramos mío, en el que se halla mi mente, dentro de la cual existe una conciencia (la mía) que me ilumina y me permite evolucionar separadamente del resto de las conciencias humanas (y ahí no sólo nos separamos los unos de los otros sino que además nos separamos del resto de las criaturas, devalúandolas a una existencia de tercera clase sin derecho alguno). Al ignorar nuestra experiencia inmediata creamos la persona que creemos ser y, con ella, todos los miedos que la asedian, sobre todo el miedo a su merma, desaparición o muerte.
 La persona es la creencia en un límite que nos separa de todo lo que aparentemente se halla fuera de “mi persona”. Aprendemos y nos acostumbramos a pensarnos como personas (cuerpo-mente dueño de algo de conciencia) que sobrevive en un mundo gigantesco existente fuera de nosotros. La persona surge cuando colgamos un “yo” equivalente a la persona (con todos sus hábitos y creencias) como sujeto de cualquier aparición en mi experiencia: yo percibo, yo siento, yo creo, yo recuerdo, yo anhelo, yo sufro...
 La experiencia directa contradice totalmente dicha separación y demuestra que lo único consciente es ese espacio en el que todas las apariciones surgen y se desvanecen. Cualquier experiencia nos demuestra que todos esos elementos no son más que ideas que enuncian “esto es eso”, “esto es aquello”, nada más. Y todos surgen y se desvanecen en el mismo “lugar”, en ese espacio innombrable que la literatura llama conciencia (e incluso esta palabra no es más que un concepto o etiqueta más con el cual entendernos).
 Investiga tu experiencia inmediata y cuestiona cada aparición. Para, mira, y date cuenta de como es una idea la que enuncia “esto es un picor”, “’tengo que hacer la cena’ es un pensamiento”, “esto es un sonido”. Fíjate en como todo lo que puedes investigar son objetos de los que estás consciente.
 Si todo lo que aparece y desaparece en tu experiencia son objetos, ninguno de esos objetos puede ser el sujeto. Es decir, si estás consciente del cuerpo (de esas sensaciones corporales), el cuerpo no puede ser el sujeto, el cuerpo no puede ser eso que es consciente. Si estás consciente de pensamientos (imaginaciones, recuerdos, ideas –eso que llamamos mente), la mente no puede ser consciente. Si estás consciente de percepciones sensoriales, el mundo tampoco puede ser consciente de nada.
 Entonces, ¿a qué vas a llamar “yo”? ¿Qué o quién es el sujeto?
 Sujeto sólo puede ser eso que realmente es consciente. La persona, el conjunto cuerpo-mente, no es consciente, sino que es parte de eso de lo que estás consciente. Si lo examinas ni siquiera es un conjunto, pues cada idea “esto es eso” surge de una en una. Y ninguna es consciente de otra porque todas ellas son objetos y los objetos no pueden ser sujeto. Y si la persona es un objeto del que estás consciente y no eso que es consciente, ¿cómo puede haber personas más conscientes que otras? ¿Puede haber personas que necesiten purificarse para merecer experiencias espirituales que confirmen su avance?
 Sabiendo esto ¿qué sentido tiene hablar de sujeto hacedor de dichas apariciones? Indaga esto: ¿De dónde y cómo aparecen? ¿Qué relación tienen unas con otras? ¿Qué las diferencia? ¿Las puedes predecir? ¿Se pueden dominar? ¿Cuánto duran? ¿Cómo desaparecen? ¿Qué queda cuando ya no están?
 Una vez entiendes que los objetos no pueden ser conscientes de nada, ves también que eso que llamamos sujeto tampoco es tal, pues no se puede decir que sea “hacedor” ni “creador”. Como mucho (y esto también es una idea, es decir, una forma de hablar de algo sobre lo que no es posible hablar) eso que es y que es consciente es “un espacio” impersonal (y añado comillas porque no tiene dimensiones, ni atributos, ni bordes, ni centro, ni principio, ni fin, ni se puede medir, y por lo tanto no hay palabra que adecuadamente lo describa) en el que se origina y desaparece nuestra experiencia, es decir, todos los elementos que forman lo que comúnmente denominamos mundo, cuerpo y mente. Al no haber nada más, “espacio” y apariciones no pueden ser más que “de la misma esencia”. Si no encuentras otra cosa, ¿de dónde iban a proceder dichas apariciones? ¿De qué iban a estar hechas? ¿Qué o quién iba a crearlas? Sujeto y objeto son conceptos que nacen y se desvanecen el uno con el otro; sin uno, el otro no sobrevive. Y ninguno es. Sólo “eso que es y es consciente” es.
 Repite este juego una y otra vez con cualquier elemento de tu experiencia inmediata y según las ganas que tengas. Si “encuentras” ese espacio consciente, verás la persona que habías creído ser y todos esos hábitos, miedos y preguntas de manera muy distinta.
 Encontrar ese “espacio” y sentirse a gusto en él es el objetivo de una meditación bien entendida. Encuentra este espacio consciente y “ve” como todo lo que creías que existía (“mi persona”, “mi cuerpo”, “mi mente”, “mi historia”, “el mundo”) son sólo apariciones que vienen y se van sin dejar rastro. Incluso la memoria (los recuerdos) no es más que una idea que aquí ahora enuncia “esto pasó de tal y cual forma”. Fíjate en que lo único que persiste es ese espacio consciente en el que toda experiencia viene y va.
 Ése es el fluir que llamamos vida o existencia. Es un un juego de apariciones que, como luciérnagas en la oscuridad, se encienden, vuelan, y desaparecen en un campo que la literatura denomina conciencia. Sólo las etiquetas que unas apariciones aparentan darles a otras (pensamientos que nos hemos acostumbrado a creer desde que pensamos que pensamos) las clasifican como “yo” o “no yo”, en “aquí” o “allá”, en “bueno” o “malo”. En realidad, sin ninguna etiqueta, ¿qué queda? Nada en absoluto excepto eso que no se puede nombrar.
GEPOSTET VON MARIAN DHARA

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