lunes, 4 de octubre de 2010

Ha llegado la hora...


Hermanos que viven en el país del sueño
y tienen por frontera sus cuerpos
y por puertas su Imaginación.
Día a día, al desperezarse,
continúan la marcha que en las noches
se aquieta, y no se preguntan el por qué
de sus días y de sus noches.
Andan sin caminar, descansan sin velar.
Y todo en ustedes es una continua búsqueda
de ustedes mismos entre las calles húmedas
y estrechas de esta existencia.

Pocos de ustedes se han detenido.
Menos aún se han preguntado.
Y aún muchos menos han llegado
hasta su llama interior, sublimándola como
una antorcha en la atalaya de sus cabezas.
Es más cómodo a sus corazones
el levantarse cada día con mayor ceguera.
Y así tropezando van haciendo su mundo.
Y tropezando hacen Principios
y Leyes que los guarden.
Y tropezando hacen unas murallas
que les dejen dormir tranquilos.

Cuando alguien viene y les dice:
Hermano, es la hora. Párate y ven a la Vida.
Ustedes toman piedras y lo echan,
y protestan porque les ha sacado
por un momento del sopor de su sueño.
Cuando alguien toca
las capas exteriores de su semilla,
y le dice: Hermana, ha llegado la hora.
La Tierra está preparada y es fértil.
Ha llegado el tiempo en que te sacrifiques
para que algún día llegues a ser
un frondoso árbol donde aniden las aves del cielo
y vengan los animales a tomar sombra.
Ustedes responden:
déjame dormir como semilla y márchate.
Y prefieren quedarse en los graneros del sueño
a ir a las tierras de la Vida.

No he venido sino a tocar sus semillas
y a decirles que el campo está preparado,
y la tierra pronta para que puedan florecer.
No he venido sino a decirles
que en el sacrificio cotidiano de las
horas y los minutos, está la lenta elevación
del tallo hacia la superficie.
Y de verdad les digo que algún día
serán árboles del Paraíso.
DEL LIBRO: ASÍ HABLABA QUETZACOATL
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